Tratar
sobre el
origen de las cosas siempre es un asunto complicado, ya que es en ese
momento
cuando la información escasea. El culto a San
Bartolomé
debió de extenderse en
Navarra a partir del siglo X, pero no es hasta varias centurias
más adelante
cuando lo demostramos en Arizaleta.
La
referencia más antigua
de la
devoción por San Bartolomé en Arizaleta no se
encuentra
en los archivos, sino
en la propia parroquia de Arizaleta, y no es otra que la imagen del
Apóstol.
Esta talla está catalogada como una obra de estilo romanista
datada a finales
del siglo XVI. La talla se identifica claramente gracias a los
atributos que
porta, esto es, el libro y el cuchillo. El cuchillo hace referencia a
su
martirio. Se dice que San Bartolomé, predicando en
La imagen presidiría en aquel tiempo su ermita, pero esta no ha aparecido en los documentos hasta 1601, año en el que el enviado por el obispado de Pamplona para la supervisión de las parroquias, al que llamaban “Visitador”, deja mandado que se deben hacer tres tablas de Te Igitur, dos para la parroquia y otra para la ermita de San Bartolomé.
A
partir de esa
fecha figura también el nombre de San Bartolomé
como
topónimo para la ubicación
de las piezas, como por ejemplo se hizo en 1612. La
documentación conservada,
demuestra la localización del término de San
Bartolomé en torno al cruce que
hacían dos caminos: el que de Arizaleta iba a Villanueva, y
el
camino real de
Guesálaz a Estella. La situación de la ermita
posiblemente era entre el
mencionado cruce y el límite de Riezu, en
dirección a
Villanueva.
En
aquellos
tiempos muchas ermitas disponían de ermitaños,
personas
que dedicadas a la vida
contemplativa, residían en la propia ermita, la conservaban
y
vivían de la
limosna. De esta forma en 1615, en una escritura, fue testigo un hombre
llamado
Sancho de Garísoain, el cual se reconocía como
ermitaño de San Bartolomé.
La
devoción por
San Bartolomé era tal, que su culto no se limitaba a la
ermita,
sino que
también se realizaba en la parroquia, y de este modo en 1622
se
compraron dos
cuadros por el valor de 14 ducados, en los que estaban pintadas las
hechuras de
San Andrés y San Bartolomé. Estos cuadros fueron
colocados en el altar mayor de
la iglesia.
La
ermita era
además escenario de actos oficiales, como cuando en 1641 se
protocolizó en ella
una escritura tocante a la elección de un nuevo
párroco
para Arizaleta.
En
1657 ocurrió
un importante acontecimiento relacionado con la devoción a
San
Bartolomé: la
redacción de las normas (llamadas Constituciones) por las
que se
debía regir a
partir de entonces
En
1763 el
Visitador de
A
pesar del
abandono que sufría la ermita, la cofradía gozaba
de
plena vitalidad, tal y
como muestra un juicio que tuvo lugar en 1781. Don Ángel
Martínez, sacerdote natural
de Lezáun y beneficiado de Arizaleta (ayudante del
párroco), denunciaba a los
cofrades de San Bartolomé, por que estos tenían
encargadas las misas de la
cofradía a Don Martín Francisco de Ezcurra,
presbítero de Azcona, cuando según
las constituciones, tenían preferencia a ello el
párroco
y el beneficiado de
Arizaleta. Los cofrades argumentaban que Ezcurra lo hacía
muy
bien, y dudaban
de las cualidades del de Lezáun, a lo que este
respondía
ofreciéndose a
celebrar además la misa de alba. Finalmente se
sentenció
a favor de los
cofrades.
Además
del
culto a San Bartolomé, Arizaleta celebraba ya en 1801 sus
fiestas ó mecetas
(como así las llamaban), el 24 de agosto, día del
santo.
Aquel año, como
cualquier otro, se reunía en el pueblo una gran concurrencia
de
gente
forastera, pero en aquella ocasión entre las seis y las
siete de
la tarde,
fruto de la fiesta, surgió una pelea entre mozos de
Lezáun e Iturgoyen. A su
consecuencia salió levemente herido en un carrillo Alejandro
Arizaleta, guarda
de los términos de Lezáun, quien
decidió salir de
Arizaleta y volverse
inmediatamente a su casa. Gracias a la mediación de las
autoridades de ambos
pueblos se evitó llegar a juicio, y acordaron que dichas
autoridades
advertirían a sus respectivos mozos para que no volvieran a
ocurrir actos de
este tipo.
Al
año
siguiente,
Ya en el pasado siglo XX, a
raíz de un inventario de los
bienes parroquiales que se hizo en 1928, hay constancia de la
existencia de las
reliquias que hoy veneramos del Santo Apóstol. La
cofradía continuó funcionando
hasta 1975, tal y como muestra su libro, guardado hoy en el Archivo
Diocesano
de Pamplona, pero que a pesar de su vida desde el siglo XVII, solo
abarca de
¡Felices
Fiestas!