Devoción y presencia de San Bartolomé en Arizaleta.

Artículo distribuido en fiestas de Arizaleta. Agosto de 2009. Gonzalo Arrarás Vidaurre.

Imagen de San Bartolomé en la parroquia
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Tratar sobre el origen de las cosas siempre es un asunto complicado, ya que es en ese momento cuando la información escasea. El culto a San Bartolomé debió de extenderse en Navarra a partir del siglo X, pero no es hasta varias centurias más adelante cuando lo demostramos en Arizaleta.

 

            La referencia más antigua de la devoción por San Bartolomé en Arizaleta no se encuentra en los archivos, sino en la propia parroquia de Arizaleta, y no es otra que la imagen del Apóstol. Esta talla está catalogada como una obra de estilo romanista datada a finales del siglo XVI. La talla se identifica claramente gracias a los atributos que porta, esto es, el libro y el cuchillo. El cuchillo hace referencia a su martirio. Se dice que San Bartolomé, predicando en la India y Armenia, fue martirizado arrancándole la piel.

 

La imagen presidiría en aquel tiempo su ermita, pero esta no ha aparecido en los documentos hasta 1601, año en el que el enviado por el obispado de Pamplona para la supervisión de las parroquias, al que llamaban “Visitador”, deja mandado que se deben hacer tres tablas de Te Igitur, dos para la parroquia y otra para la ermita de San Bartolomé.

 

A partir de esa fecha figura también el nombre de San Bartolomé como topónimo para la ubicación de las piezas, como por ejemplo se hizo en 1612. La documentación conservada, demuestra la localización del término de San Bartolomé en torno al cruce que hacían dos caminos: el que de Arizaleta iba a Villanueva, y el camino real de Guesálaz a Estella. La situación de la ermita posiblemente era entre el mencionado cruce y el límite de Riezu, en dirección a Villanueva.

 

En aquellos tiempos muchas ermitas disponían de ermitaños, personas que dedicadas a la vida contemplativa, residían en la propia ermita, la conservaban y vivían de la limosna. De esta forma en 1615, en una escritura, fue testigo un hombre llamado Sancho de Garísoain, el cual se reconocía como ermitaño de San Bartolomé.

 

La devoción por San Bartolomé era tal, que su culto no se limitaba a la ermita, sino que también se realizaba en la parroquia, y de este modo en 1622 se compraron dos cuadros por el valor de 14 ducados, en los que estaban pintadas las hechuras de San Andrés y San Bartolomé. Estos cuadros fueron colocados en el altar mayor de la iglesia.

 

La ermita era además escenario de actos oficiales, como cuando en 1641 se protocolizó en ella una escritura tocante a la elección de un nuevo párroco para Arizaleta.

 

En 1657 ocurrió un importante acontecimiento relacionado con la devoción a San Bartolomé: la redacción de las normas (llamadas Constituciones) por las que se debía regir a partir de entonces la Cofradía de San Bartolomé de Arizaleta. La cofradía tenía para la celebración de las misas un capellán, como en 1734, año en el que fue nombrado como tal el sacerdote Don José Azcona.

 

En 1763 el Visitador de la Diócesis mandó, que a causa de que la ermita de San Bartolomé estaba abierta y en mal estado, no se celebrase allí ninguna misa hasta que sus patronos no la arreglasen. Esta información nos anuncia que la desaparición de la ermita estaba próxima.

 

A pesar del abandono que sufría la ermita, la cofradía gozaba de plena vitalidad, tal y como muestra un juicio que tuvo lugar en 1781. Don Ángel Martínez, sacerdote natural de Lezáun y beneficiado de Arizaleta (ayudante del párroco), denunciaba a los cofrades de San Bartolomé, por que estos tenían encargadas las misas de la cofradía a Don Martín Francisco de Ezcurra, presbítero de Azcona, cuando según las constituciones, tenían preferencia a ello el párroco y el beneficiado de Arizaleta. Los cofrades argumentaban que Ezcurra lo hacía muy bien, y dudaban de las cualidades del de Lezáun, a lo que este respondía ofreciéndose a celebrar además la misa de alba. Finalmente se sentenció a favor de los cofrades.

 

Además del culto a San Bartolomé, Arizaleta celebraba ya en 1801 sus fiestas ó mecetas (como así las llamaban), el 24 de agosto, día del santo. Aquel año, como cualquier otro, se reunía en el pueblo una gran concurrencia de gente forastera, pero en aquella ocasión entre las seis y las siete de la tarde, fruto de la fiesta, surgió una pelea entre mozos de Lezáun e Iturgoyen. A su consecuencia salió levemente herido en un carrillo Alejandro Arizaleta, guarda de los términos de Lezáun, quien decidió salir de Arizaleta y volverse inmediatamente a su casa. Gracias a la mediación de las autoridades de ambos pueblos se evitó llegar a juicio, y acordaron que dichas autoridades advertirían a sus respectivos mozos para que no volvieran a ocurrir actos de este tipo.

 

Al año siguiente, la Real Academia de la Historia publicó un diccionario geográfico en el que se describen las localidades con diversos datos estadísticos, entre los que destaca la explicación de si había ermitas en sus términos. Sobre Arizaleta delata la existencia de la ermita de San Miguel, pero nada dice sobre la de San Bartolomé, que para entonces debía estar abandonada. Sin embargo, en 1810 la ermita aún estaba en pié, puesto que en la venta de una pieza se decía, que ésta, situada en el término de Sanbartolomeondoa, lindaba con la basílica del mismo santo. Y es que entonces era equivalente hablar de ermita o basílica, aunque no se tratara de un gran templo, sino de una sencilla construcción semejante a una borda.

 

            Ya en el pasado siglo XX, a raíz de un inventario de los bienes parroquiales que se hizo en 1928, hay constancia de la existencia de las reliquias que hoy veneramos del Santo Apóstol. La cofradía continuó funcionando hasta 1975, tal y como muestra su libro, guardado hoy en el Archivo Diocesano de Pamplona, pero que a pesar de su vida desde el siglo XVII, solo abarca de 1960 a 1975.

¡Felices Fiestas!

 


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